Educar en el asombro y los días offline

¿Cómo educar en un mundo frenético e hiperexigente? ¿Cómo conseguir que un niño, y luego un adolescente, actúe con ilusión, sea capaz de estar quieto observando con calma lo que le rodea, piense antes de actuar y esté motivado para aprender sin miedo al esfuerzo?

Los niños de los últimos veinte años viven en un entorno cada vez más frenético y exigente, que por un lado ha hecho la tarea de educar más compleja, y por otro, los ha alejado de lo esencial.

No es un secreto que la tecnología está dominando nuestras vidas. Todos los días al despertar un alto porcentaje de población en todo el mundo revisa su teléfono móvil, actualiza correos electrónicos, envía mensajes y hasta entra en sus perfiles en redes sociales antes de levantar los pies de su cama.

¿Conexión o adicción?

Pero no sólo eso, los móviles han roto las barreras de los lugares más íntimos. Las líneas son borrosas entre el trabajo, la vida social y la familiar ya que tratan de estar conectados en cualquier situación, lugar y hora.

No es tarea fácil la que tenemos los padres en la actualidad, educar rodeados de tantos dispositivos electrónicos.

Una asignatura pendiente que empieza en nosotros mismos, ¿cómo dar buen ejemplo si somos los primeros en lanzarnos en plancha a móviles, ordenadores, tablets y redes sociales?

Vemos necesario para su futuro éxito programarlos para un sinfín de actividades que, poco a poco, les están apartando del ocio de siempre, del juego libre, de la naturaleza, del silencio, de la belleza. Su vida se ha convertido en una verdadera carrera para quemar etapas, lo que les aleja cada vez más de su propia naturaleza, de su inocencia, de sus ritmos, de su sentido del misterio.

Muchos niños se están perdiendo lo mejor de la vida: descubrir el mundo, adentrarse en la realidad. Un ruido ensordecedor acalla sus preguntas, las estridentes pantallas interrumpen el aprendizaje lento de todo lo maravilloso que hay que descubrir por primera vez.

Me encuentro muchísimas veces intentando explicar a mis hijos que la mayor parte de mi apego a mis dispositivos electrónicos tiene que ver con el trabajo. Desde su punto de vista, para ellos es una contradicción porque también ven que es mi dispositivo de música y mi cámara fotográfica, herramientas para momentos totalmente lúdicos.

Está claro que el problema empieza en nosotros, que somos su primera referencia a quien imitar y no es nada fácil equilibrar delante de ellos el uso propio de nuestros dispositivos.

En relación con este tema y dirigido a la educación de los niños, Catherine L’Ecuyer en su libro “Educar en el asombro” reflexiona y nos habla del asombro y de cómo necesitamos dejar a nuestros hijos que sigan el curso natural de su desarrollo neurológico para no castrar esa capacidad tan maravillosa que Platón definía como “el deseo para el conocimiento”.

El asombro tiene un papel clave en el desarrollo del niño, pero la sobreexposición de estímulos externos en la que nos vemos sumergidos es cada vez más frenético y exigente con estridentes pantallas que saturan sus sentidos e interrumpen el aprendizaje lento de todo lo maravilloso que hay al descubrir por primera vez.

La tecnología está anulando esta capacidad. Si constantemente la estimulación viene desde fuera, se pierde ese don maravilloso con el que nacemos y perdemos el interés por el asombro.

Somos nosotros los que debemos parar e intenta recuperar días offline en los que no llevemos consigo ningún dispositivo móvil y disfrutemos de nuestro entorno, desconectando y viviendo el momento presente.

Por eso, como bien dice Catherine L’Ecuyer, “es un error bombardear a bebés y niños pequeños con una estimulación sensorial excesiva con la esperanza de construir mejores cerebros. En el caos, en el ruido continuo, en la saturación de los sentidos, en la falta de límites y de disciplina, la invención y el descubrimiento no brotan”.

No nos damos cuenta de la cantidad de información que se genera y recibimos en la actualidad. Esto está debilitando cualidades tan importantes como la paciencia, la mirada crítica reflexiva, sopesar la relevancia de las cosas, el contacto cara a cara… Todo esto requiere calma, contemplación y silencio… algo muy alejado de lo que impulsa la era tecnológica.

Por todo esto creo que es fundamental tomarnos algún día offline. Para mí son perfectos los sábados o domingos, días en los que trato de volver a observar con calma nuestro alrededor.

Buen final de semana!

Chapanga.

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